miércoles, 16 de abril de 2014

La intrahistoria de Un mundo feliz

(Cubierta de la primera edición española de 1935)

     Corría el año 1935 cuando el editor catalán Luis Miracle publica la obra Un mundo feliz, primera traducción al español de la obra más visionaria de Aldous Huxley. Si tenemos en cuenta que Huxley escribe la novela en el año 1932, año en el que es publicada por Chatto & Windus, para Europa, y en Doubleday para Norteamérica, podemos afirmar hallarnos ante una rápida, acertada y valiente propuesta editorial. La persona en quien recae el honor y enorme responsabilidad de traducir la obra al español es el poeta, periodista y político falangista cántabro Luys Santa Marina (Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina, 1898 — 1980). Si bien en esta primera edición Luys Santa Marina, pese a sus convicciones morales y religiosas, interpreta el texto de Huxley con soltura y honestidad profesional, en las siguientes ediciones, desde la década de los 40 en adelante, se advierte la mano negra de la censura franquista en todos y cada uno de los capítulos de la novela. ¿Qué debemos a esta primer edición española? Honestamente, pienso que    tan importante como el traductor, o tal vez más (según se mire), fue el editor, Luis Miracle, que demostró con esta temprana edición y traducción de la novela original tener una extraordinaria visión de su época, del mundo que le rodeaba y de los acontecimientos y avatares futuros que estaban por perfilar uno de los momentos geopolíticos y sociales más claves del siglo XX. Sirvan estas líneas y este apartado, de algún modo también, para rendir el homenaje que este hombre, Luis Miracle, se merece. El trabajo del editor, de la editorial, casi siempre queda injustamente fuera de todo reconocimiento. El lector siempre se queda, como mucho, con el prestigio del sello editorial para adquirir uno u otro título; pero el protagonista estrella es  siempre el autor y aunque así debe ser, nunca habría que olvidar que detrás del autor hay un editor que decide acertada o erradamente sacar adelante o no una determinada propuesta literaria. 
     En el caso que nos ocupa el tiempo y la historia dejan clara la cordura de un editor que, como el autor de la novela, demuestra ser un adelantado a su tiempo. Gracias a esta edición el español se convierte en una de las primeras lenguas extranjeras por las que reverbera el novedoso mensaje distópico de la novela. Esto es una ventaja, porque a día de hoy, ocho décadas después de esa primera impresión, el título de la novela en español resulta tan familiar en el orbe hispano como el título de la novela original en el mundo anglosajón. Pero también hay un inconveniente, si el título se convierte, como es el caso, en uno de los más leídos, reseñados y  canónicos del pasado siglo, ¿quién podría atreverse a cambiar el título en futuras traducciones y ediciones de la novela al español? Esta ha sido la gran duda con la que he estado lidiando hasta el punto final de mi traducción en la editorial Cátedra. Pero al hilo de esto, debo añadir que si bien el título Un mundo feliz no es la mejor traducción de las palabras que la protagonista de La Tempestad de Shakespeare, la ingenua Miranda dirige a su padre Próspero en la escena única del quinto acto: «O Brave New World, That has such people in't» («¡Oh, espléndido mundo nuevo, que alberga tan maravillosas criaturas»), sí que capta la esencia del mensaje central de la novela: la sátira como origen y fin de esta  magistral novela de ideas. En este sentido, la traducción del título elegido por Santa Marina puede valernos, hoy día más incluso que en su tiempo, para visionar un mensaje del pasado que, para nuestra desgracia, se empieza a cumplir en nuestro tiempo presente. Dejo aquí mi reconocimiento a Santa Marina por bautizar la novela en español con un título a primera vista alejado, casi errado, pero que tras la lectura final me lleva a valorar la posibilidad de que el propio Huxley, de no ser por la función que le atribuye a Shakespeare en la novela, tal vez también habría considerado titularla: A Happy World.
     Siguiendo con el asunto de las traducciones al español, llegamos a la década de los 60, cuando las ediciones de Luis Miracle con la traducción de Santa Marina van perdiendo fuelle y quedando relegadas a alguna que otra reimpresión en Latino América, y  es entonces cuando la editorial Plaza & Janés vuelve con una nueva edición de Un mundo feliz en 1969, de cuya traducción se encarga Ramón Hernández. Estamos, sin duda, ante la traducción más leída en español dado que es también editada por otros sellos editoriales como Debolsillo o Edhasa. ¿Qué podríamos añadir de esta segunda traducción de Un mundo feliz? La primera impresión nos hace pensar en una traducción precipitada. Sorprendentemente, si se coteja esta traducción con el texto original en inglés, se advierten numerosos e indiscriminados cortes de la novela de Huxley en casi todos los capítulos.  Elucubraciones al margen, o en aquella primera edición del 69, mantenida sin variaciones en las demás reimpresiones y ediciones hasta hoy día, se escatimó en páginas o el traductor se hizo de una sospechosa edición original en la que faltaban abundantes pasajes y fragmentos del texto completo escrito por Huxley. No sé qué pensar, pero sí sé que quedan grandes lagunas en esta interpretación incompleta y apresurada de la novela original.
     Mayo de 2013 es la fecha en la que bajo el auspicio del sello editorial Cátedra nace una tercera traducción de Brave New World, firmada por quien subscribe este blog. Tal y como he advertido anteriormente, la idea de darle un nuevo título como Espléndido mundo nuevo, tomado literalmente del título inglés y acorde con la influencia del fuerte sedimento shakesperiano de la obra, cobró fuerza desde el principio para, finalmente, ya concluida y a poco tiempo de su salida, reconocer el sentido catalizador y determinista de la sátira que Santa Marina supo captar y plasmar en un alarde imaginativo, que a día de hoy me resultaría difícil de acertar a superar con otro título. 
     He de admitir que fue muy a principios de los 80 cuando leí por primera vez Un mundo feliz, en la traducción de Santa Marina y que, aun habiendo leído la novela original en inglés durante esa misma década y las siguientes, volví a leer esa vieja edición de Santa Marina que aún conservo, como oro en paño,  en una edición de Luis Miracle del año 47 y que, pese a contar con algún que otro corte o modificación, obligados por la censura franquista, sobre cualquier elemento sexual del original, el español con sabor a rancia estirpe, más decimonónico que del siglo XX, así como la frecuente aparición de términos castellanos hoy en desuso, le confería un estilo grandilocuente y tremendamente persuasivo, sin atisbo alguno de traducción, como si la novela hubiese sido concebida en español y gestada para ser recitada en voz alta por un orador de la lengua de Cervantes, por un elocuente político del Estado Mundial que en vez de estar ubicado en Londres lo estuviera en Madrid. Vamos, que me podía imaginar a un elocuente y convincente Mustapha Mond español o latinoamericano. Ciertamente, esta traducción tenía su magia. Respecto a la de Ramón Hernández, no puedo decir lo mismo, sólo puedo añadir que la he leído por primera vez en 2012, procurando contrastarla en todas las diferentes ediciones que desde 1969 hasta la fecha de la publicación de este apartado viene siendo publicada. Por lo tanto, mi lectura de la traducción de Hernández, a diferencia de las de Santa Marina, únicamente puede satisfacer el aparato destinado al proceso investigador de mi trabajo, como detallo exhaustivamente en el último apartado de la Introducción de mi edición de Cátedra.  
     Es evidente que al leer con espíritu crítico las traducciones de mis antecesores —al primero disfrutándolo y al segundo sufriéndolo en alguna que otra ocasión—, me ha valido para pulir y mejorar la mía. No pretendo hacer aquí un ejercicio de humildad, pero sí de cierta honestidad y dejar claro que las posibles fallas de mis predecesores me han ayudado a evitar repetirlas en la mía y, lo que es más, a reconsiderar nuevas fórmulas y enfoques de ciertos términos que Aldous Huxley inventa, imita o parodia en inglés y que resultan fundamentales para el desarrollo de la sátira. Si no hubiese visto las traducciones que de estos términos realizan en su momento mis predecesores, muy posiblemente yo también habría pasado por alto el mensaje subliminal de todos y cada uno de ellos. De este modo, he contado con la ventaja de firmar una traducción que aunque no se apoya en absoluto en las anteriores, se sirve de  los errores interpretativos que estas realizan sobre muchos de estos mencionados términos del texto original para así darles la fuerza, la orientación y el sentido que en español mejor pudiera revelar la verdadera intención de Huxley. 
 No sé si lo he conseguido y si satisfará a un lector crítico y conocedor del pensamiento huxliano. Al menos no he pasado por alto la esencia distópica y la naturaleza satírica de la novela, como explico detalladamente en el apartado «Esta edición» de la edición de Cátedra. Lejos de ser yo mismo quien hable de mi propia traducción, considero más oportuno dejar el testigo al lector para que dé su propio y libre testimonio de esta reciente tercera traducción nacida de la ilusión de un profesor que, antes que traductor, es más bien un entusiasta admirador, convencido seguidor y esforzado estudioso de la vida, obra y pensamiento  del que considero el filósofo y escritor más iluminado y visionario del siglo XX y seguramente, longo tempore, de nuestra época.  



Editorial Cátedra.
Colección: Letras Populares, 495 páginas.
Introducción, 165 páginas.
158 notas de la Introducción.
Bigliografía: páginas 167 — 187.
Prólogo de Aldous Huxley (1946): páginas 193 — 203.
Novela: 205 — 462 páginas.
230 notas textuales de la novela. 

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